martes, 6 de diciembre de 2011

Calle, calle, calle


Si el subsuelo de Ciudad de México parece bullir de vida, las calles de las colonias Roma, Narvarte y del Valle son el patio de recreo de una asilo de ancianos: hombres de barbas entrecanas o mujeres pálidas salen a tomar un poco del débil sol.

Los sedentarios que han alcanzado la edad adulta y el sobrepeso, toman puntualmente el café de la mañana mientras leen La Jornada, Reforma o Letras Libres y envían mensajes por sus Blackbeerry.

Al mirarlos detenidamente se establece un lazo entrañablemente familiar, como si fueran viejos conocidos que hubieran crecido juntos, ahora envejecen a la par.

¿Qué clase de ciudad sería ésta, si el mar tocara su varicosa periferia? Sería una crónica escrita en lengua portuguesa con telón de fondo muy parecido a Río de Janeiro.

Esa sensación de mar llega en el aire salitroso que flota en sus plazas con fuentes resecas, y en la luz marina que anima los paraderos del transbus, un sistema de transporte rápido que atraviesa la mitad de las avenidas.

Es como si de pronto, detrás de esas jaulas de cristal -una casa de espejos alucinantes- fueran asomar las olas.

Ciudad de México es muchas ciudades. El centro, por ejemplo, es el espacio para los olores. Huele a guisado con sopa, a papaloquelite que acompaña los tacos, a carnitas bañadas en aceite.

La avenida Reforma -la calle legítimamente más imperial porque fue hecha para los paseos del emperador europeo Maximiliano de Habsgurgo- es también la más moderna: está hecha para verse con lentes oscuros.

Atiborrada de hoteles de lujo, boutiques de moda, restaurantes de alta cocina y casa señoriales, resulta la más artificiosa. Parece de celofán, envuelta siempre para una fiesta de carnaval.

Avenida Insurgentes se cruza con Reforma y es otra vía que no duerme de noche. Durante el día es un remolino que te traga; al caer el sol es un vampiro que succiona. El noctámbulo no tiene escapatoria.

Su glorieta vomita a vampiresas, darketos, punks, oficinistas, parejas gays que todavía creen en el amor; cuando regresan a sus casas, se buscan así mismos, en el doble mural de Rafael Cauduro, como pasajeros de otras vidas.

El Viaducto sólo está hecho para que circulen los automóviles. Tiene seis carriles y en su centro corre entubado lo que podría ser un río que nunca ve brotar flores en sus orillas.

Tlalpan está sembrada de hoteles con habitaciones de 180 pesos provistas de un tubo o columpios, según la fantasía de quienes los visitan. Parece estar condenado a ser un punto de paso donde nadie quiere echar raíces.

Donde quiera que se halle uno sentirá el placer de integrarse espontáneamente a la masa que se forma en el paso de una cebra, y luego disgregarse a invitación del rojo al verde.

Así sucesivamente: correr, parar, integrarse, disgregarse. Como si formara parte de una misteriosa tabla calistécnica que une y disgrega. Uno, dos, uno, dos.


Mural de Rafael Cauduro sobre el Metro de París y Londres, en el andén de la estación Insurgentes / Foto: Jesús "Chucho" Díaz, flicker.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Ciudad de México: ¿1939-2011?


En Ciudad de México es posible cruzar fronteras sin darse cuenta, entablar diálogos con los muertos y echar un ojo al pasado para ver mejor el horizonte y platicar de otro modo con los vivos.

Esto mismo es lo que me va ocurriendo mientras dejo atrás la esbelta Torre Latinoamericana que resistió el sismo de 1985, la Casa de los Azulejos donde las fuerzas zapatistas desayunaron bisquetes con café, y el imperial palacio del fallido emperador don Agustín de Iturbide, antes de subir literalmente al Museo del Estanquillo, situado arriba de una tienda de discos de la cadena Mix Up.

Lo que viene es una ascensión y, aunque suene contradictorio, un descenso. Y la esquina donde se exhibe “Dos miradas al fascismo” -avenida Francisco I. Madero e Isabel La Católica-, la encrucijada más visible en el mapa de las correspondencias, no la única.

Lo evidente en esta exposición: las crisis económicas, políticas y sociales abren agujeros para la ascensión de ultraderechas revestidas de mesianismo. Nuestro propio país no estuvo exento -ni lo ha estado- de estos peligros internacionales, que coincidieron con la guerra cristera y el sinarquismo. No mesianismos tropicales, sino altiplanos.

“Dos miradas al fascismo” también plantea que, entre tanto barullo global y aldeano, siempre es urgente saber: qué se elige.

¿Qué cuándo ha habido un tiempo bueno, claro, idóneo? Nunca, parecen decir los viejos personajes. Los gatos de noche son pardos.

Miguel Covarrubias, Luis Arenal, Santos Balmori, Leopoldo Méndez, José Chávez Morado y Diego Rivera, entre otros, capturan la época azarosa que les tocó vivir; a través de sus carteles y grabados saben distinguir: ponen a los políticos de aquella época (Juan Andrew Almazán, Saturnino Sedillo, Emilio Portes Gil) como ladrones sin escrúpulos, aliados al gran capital y la prensa vendida.

¡Qué actual esta crítica pictórica formulada entre los años 1930-1940! Cuando un gobierno apela a la religión, a la familia y a la patria para instaurar un Estado "seguro", sus propósitos no están muy lejos del Estado totalitario, que tiene en nada la vida.

Hay fotos en la expo que sorprenden y congelan el ánimo: una esvástica ondeando entre los techos del centro de Ciudad de México con fondo de cúpula dorada de Bellas Artes. Otra imagen: un grupo de mujeres bien vestidas, encopetaditas, en el casino español haciendo el saludo nazi.

La ideología ultra metida en las entrañas de esa clase que no quiere perder sus privilegios, la doble moral de la derecha sinarquista que con una mano saluda al Führer y con la otra rechaza el reparto de tierra y la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas.

Y si al sinarquismo -cuyo más "destacado" fundador fue Salvador Abascal padre- le da urticaria las políticas sociales de Lázaro Cárdenas -como ahora esa misma clase ultraderechista reniega de las reformas para la no penalización del aborto en DF o las bodas entre personas de mismo sexo -sólo por citar dos cambios impulsados por la izquierda mexicana-, imposible no acordarse mientras se ven los grabados y carteles, de la alegría de Josefina Vicens -motivo principal de mi visita a Ciudad de México- cuando evocaba ella misma las largas filas en el Palacio de Bellas Artes para apoyar la nacionalización petrolera.

Según Aline Peterson, su tía le decía cada que recordaba ese gesto popular que atestiguó: "Nunca he vuelto a sentir nada semejante, ninguna emoción como aquella que sentí al ver las largas filas en Bellas Artes".

“Dos miradas al fascismo” incluye también audios: una entrevista con Diego Rivera a propósito del óleo "El refugio de Hitler", que se exhibe al final de la sala, donde el muralista cuenta cómo hizo primero los bocetos en una breve escala en la recién liberada Berlín, y ya después, al regreso de su viaje de Moscú para curarse del cáncer, crear el óleo singular que se aparta de su estilo expansivo y colorista para amplificar un vacío en la tela, ahondado por una paleta bruna.

Otro audio es la voz del poeta refugiado español León Felipe, que a diferencia del narrador José Vasconcelos o el pintor Dr. Atl, se opuso tajante y éticamente al nazifascismo que no respeta la vida. "Esos poetas infernales que hablen más bajo, que se callen.. Tú Dante, no tienes imaginación. Acuérdate que en tu infierno no hay un niño siquiera. Y ese niño está solo..."

¿Qué año es el de esta mañana de domingo, cuando los diarios anuncian el arranque del handicap por la presidencia? ¿1939 ó 2011?

Nunca fue óptimo ni fácil el panorama a fines de los años treinta del siglo pasado para tomar una elección decisiva. No lo fue antes ni tiene por qué serlo ahora, en la primera década del XXI. El drama es el mismo, aunque más agudizado.

La vía de la abstención es una fatalidad que niega todo: el problema y las soluciones. Soñar lo imposible para que lo posible sea real, escribe Ana Arandeth.

En 1994 esa posibilidad se llamó para millones como yo, Cuauhtémoc Cárdenas, no Ernesto Zedillo ni Diego Fernández de Ceballos. En 2000, fue de nuevo y pese a la derrota anterior, Cárdenas, no Ernesto Zedillo ni Francisco Labastida. En 2006, a pesar de la campaña orquestada por la oligarquía empresarial, la elección fue Andrés Manuel López Obrador, no Felipe Calderón ni Roberto Madrazo.

¿Por qué abría de ser diferente ahora si el resultado ha sido desastroso para el país? El gran capital sigue aliándose con los políticos corruptos y la prensa vendida continúa tapando la realidad: la vida que no tiene en nada el Estado mexicano.

Ni Peña ni quien salga de la ultraderecha.

Si uno sabe leer murales mexicanos, como el que vi apenas bajar del avión en la Terminal B del Aeropuerto Internacional de Ciudad de México, estos se leen desde la izquierda.

Sí, con reticencias.

Sí, con severas críticas y todo.

La posibilidad de nuevo se llama: Andrés Manuel López Obrador.

Música del subsuelo


Ciudad de México es ciudad de músicos: por donde quiera se los topa uno.

¿Dónde aprenden a tocar estos niños sus instrumentos musicales? Uno sube de un vagón a otro y los ritmos cambian como si fuera el cuadrante de una vieja radio.

La música que suena en el subsuelo del Valle de México es la relegada, la que no tiene cabida ni futuro en el mercado comercial. O la que el tiempo deshecha tras un fugaz éxito.

Los niños músicos se acompañan de un intérprete mayor que generalmente es un pariente: el padre, el hermano o el tío; en otras ocasiones son grupos integrados por puros infantes, comúnmente hermanos de sangre o paisanos migrantes originarios de Guerrero y Oaxaca, tierra de trovadores natos.

No tocan canciones de cuna: la realidad se les impone como una madrastra y ellos tienen que cantar letras de amores no correspondidos, de dolores que se ahogan en una cantina.

Sus instrumentos son humildes, suenan con esa tristeza que exige la canción que tocan y cantan. Sólo cuando reciben unas cuantas monedas es que su sonrisa deja ver una mazorca de dientes separados. Podrían ser hijos de príncipes mexicas, mixtecas o zapotecas con su belleza silenciosa a cuestas.

Ejecutan la guitarra, el violín y el acordeón, instrumentos propios para las rancheras y los corridos del norte. Cuando no tocan, hablan ente sí un dialecto suave. Ríen, se empujan, no paran, dicen cosas que sólo ellos saben. Aparecen y desaparecen en los túneles del metro que se extienden como nido de coralillos.

En plaza Garibaldi, atrás del porfiriano Palacio de Bellas Artes, trabajan los músicos privilegiados: los mariachis.Lo que sorprende son sus barrigas metidas a la fuerza en esos trajes imecables de charros cantores.

Lo más común es que el novio traiga hasta la plaza a su enamorada y le dedique una serenata. No se bajan del auto rodeado por mirones que también entonan las letras. En vez de caballos, los mariachis traen trocas importadas que les sirven para ir a dar serenata por toda la ciudad, un servicio que sólo los más pudientes pueden contratar.

La oferta y la demanda en la plaza tasan el repertorio: el son jarocho cuesta menos que una ranchera, pero es menos solicitado porque los gringos nada más conocen "La bamba", en voz de Ritchie Valens.

Los organilleros hacen rancho aparte. Apostados en alguna esquina del Centro Histórico hacen salir las notas de una manivela. Su repertorio de valses, además de estridente, es limitado. Una cachucha les sirve para recolectar la coperacha.

Indiferentes, un ejército de peatones en desbandada, no se detienen a oír la música, absortos en sus pensamientos.

O en la música que llevan por dentro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Proezas del aire


Vista desde el avión, Ciudad de México parece, en medio de la noche, un puerto.

De día es el torso tasajeado de un malevo.

También podría ser -siempre hay posibilidades para una megalópolis- una colchoneta remendada o un bosque con millones de luciérnagas.

Ya en el suelo, el peligro para el viajero es la velocidad con que todo se mueve: Lo mismo para el que baja del avión que para el que anda en metro; los primeros pasan sin ver el espectacular mural de Juan O'Gorman colocado en la Estación B de la Terminal Aérea, los segundos ni siquiera se detienen a oír a los modestos músicos que tocan una ranchera.

Desde la dedicatoria del mural “La conquista del aire por el hombre” -el título lo supe después por Internet, ya que en el hall de la sala no existe ninguna placa alusiva-, el artista revela un aspecto de la ciudad que podrá comprobar tarde o temprano cualquier viajero: la amistad que se teje con los otros de una vez y para siempre dentro de la urbe.

"Dedico este trabajo a la magnífica pintora mi querida compañera Frida Kahlo".

La dedicatoria está colocada en la parte central, inferior, del mural. Es el año de 1937-1938: periodo de turbulencias políticas, sociales y económicas en el mundo. Europa sufre la hipnotización del nazifascismo y México recibe a cientos de refugiados políticos, al tiempo que enfrenta la presión internacional de compañías extranjeras por la nacionalización petrolera.

La monumental obra de 10 paneles visualiza la lucha titánica del hombre terrestre por alcanzar los cielos, desde los planos del hombre-pájaro de Leonardo da Vinci, pasando por los globos aerostáticos elevados por el fuego, hasta los dirigibles propulsados mecánicamente y los primeros aviones de hélice.

Proeza que el viajero agradece infinitamente tras sobrevolar a tiro de pedrada la mancha urbana.

Por supuesto, aparecen dibujados los modernos Ícaros del siglo XIX y XX: los hermanos Montgolfier, los Wrigth, el brasileño Santos Dumond de Andrade y Charles Lindbergh. O`Gorman cede a las versiones populares de que el poeta rey Netzahualcóyotl quiso también conquistar las nubes, y lo planta al lado del inventor renacentista.

El amigo de Frida pinta también cómo la sociedad pasó de ser mera espectadora de los vuelos de exhibición, a tener parte activa en estos. La economía se transformó, los caminos reales se asfaltaron y las actividades primarias dieron pie a industrias ligadas al combustible que aún empuja estos a pájaros mecánicos.

El enamorado de Frida reivindica la ciudad como espacio para la amistad y los sueños que parecen imposibles.


*Primera crónica de un viaje realizado a Ciudad de México, del 21 al 27 de noviembre, para participar en un coloquio dedicado a la escritora tabasqueña Josefina Vicens. Acá iré posteando en estos días toda la serie.

martes, 29 de noviembre de 2011

Los dibujos de Alfredo Larrauri


La rabia del agua que caía por todos lados sin que uno pudiera resistirla, me empujó al centro, a sus cafés a punto de cerrar. Entré al Antigua que tiene un toque íntimo y clandestino pero inmediatamente recordé que quería ver los dibujos que se exhiben aún en la fundación José Carlos Becerra, que unas veces honra el nombre del poeta y otras lo enloda.

Contra la lluvia y la comodidad de la recién remodelada cafetería, dejé mis cosas encargadas con los amables empleados y caminé haciendo escuadra hasta llegar a la casona ubicada en la calle Sáenz.

La mojada y el riesgo de que estuviera cerrado dejaron de ser una inquietud fría cuando pude ver la exposición "Poetas de papel", muestra de dibujos, acuarelas y técnicas mixtas de Alfredo Sánchez Larrauri.

A través de un trazo firme y grueso, el jaliscience crea en su tinta un mundo poblado de intimidades familiares, como si la edad madura jugara de nuevo a ser infante.

Una virtud que seguramente el artista ha trabajado desde hace años al ilustrar cuentos para niños de autores reconocidos (http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/colibri/cuentos/francisca/htm/sec_3.htm).

Esa inocencia y juego y levedad de las cosas hacen que, en el espacio encuadrado por el marco, la luna tenga barba y bigote, que los objetos floten y que algunas de sus composiciones permeen un toque fantasioso, como la mujer mariposa, los gatos escurridizos en los escritorios y los bastones y paraguas llevados por el viento. La descompresión de la realidad en una estampa extraordinaria.

Larrauri tiene una fascinación por los astros y las cabras (¿será también capricornio?, no me extrañaría porque sus ficciones destilan un toque melancólico, de bizarra nostalgia).

Su gusto por la poesía se declara también en una serie que elabora para homenajear a poetas y escritores, aún a los desconocidos. Uno adivina la cara de huevo de León Felipe en un cuadro titulado "Un poeta del exilio" o, tras la melena y lentes de pasta, a alguien que se parece a José Revueltas.

El dominio del dibujo se ve a la legua, experiencia adquirida a lo largo de cincuenta años en el oficio, según se lee en un blog que da cuenta de su trayectoria, abierto el año pasado pero que no tuvo continuidad. De éste, algunos datos me parecen esenciales: su formación en la gráfica tapatía en los años sesenta y su relanzamiento al trasladarse a vivir a Ciudad de México a mediados de los setenta (http://alfredolarrauridibujante.blogspot.com).

Vale la pena ir a ver "Poetas de papel", aunque el espacio que ha sido adaptado como galería resulte incómodo (algunas hojas de las puertas impiden ver los dibujos).

Afuera la lluvia me esperaba, pero el agua cayéndome no me molestó. Agradecí a Jose Carlos Becerra haberme permitido conocer a Larrauri.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Instamatic


Padece de una soledad que no se cura con compañía.

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El mundo a veces se sostiene en unas rodillas, un regazo. Y poco importa la hora cómplice, la gente que la lluvia desdibuja.

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Desearía que fuera feliz, pero sin mí es casi imposible asegurarse que lo consiga.

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El Síndrome de Estocolmo no falla.

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La suerte se regala en una virgen. El péndulo dirá inexorablemente sí o no. ¡No temas! Siempre se mece un columpio sostenido en nada y hay una flecha a punto de dar en el centro.

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Si no lo explico, se entiende mejor.

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Es de las novelas que deben leerse antes de morir pero la verdad no tengo prisa por hojearla.

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Se aferra a la medicina y las novelas como el hombre del siglo XIX a la técnica y las ciencias naturales, no obstante que en el fondo no es distinto del hombre de hace trescientos o quinientos años que se obstinaba con el rosario y las hagiografías.

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Es de las que creen fervorosamente que la humanidad se va a componer a punta de reglazos.

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Nunca comprendió como es que ella no creía en Diosito si lo tenía a él.



Agradezco a mi cuate, el pintor Javier Pineda permitirme acompañar estos textos con su dibujo.

martes, 25 de octubre de 2011

Historias mínimas


Si tuviera que contar todo bien, la historia estaría plagada de puntos suspensivos...

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Seré plan B.

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Enamorarse y no saber de quién.

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El cerebro envejece más lentamente que la piel.

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A veces Cupido bate sus alas sin hacer tanto ruido.

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Buscaba mal: tocando un cuerpo creía por fin haber encontrado el amor.

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Un cuerpo que no tiene rostro pero que apela lo mismo a la inocencia.

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Conté trece pasos para llegar al altar en esa pequeña ermita.


DEDICATORIA
Estos breves textos están dedicados a mi eterna amiga Magdalena Fuentes, por los viejos tiempos de la facu, de la calle Petén, de la Cineteca Nacional, de dos noches en distintos años -una en casa de sus padres para recibir el Año nuevo y otra en casa de Feli y Kari para la Navidad-, de las partidas de brisca y del vinito y de su tortuga y de todo lo que ha significado para mí contar con su cariño y consejos en los buenos y los malos tiempos, como debe ser una auténtica amistad.

AGRADECIMIENTOS
La imagen del dibujo pertenece a la artista Sara Emilia Medina Ramírez, a quien agradezco la gentileza de permitirme compartir su trabajo con mis textos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Mar

El mar esconde secretos
en el fondo de sí mismo:
son deseos ahogados
naufragios de amores indiferentes
restos de vidas hinchadas

Parece la furia de su cuerpo
la rabia de una bestia incontenible
Pero el mar por dentro es tibio
y abraza sin asfixiar


El mar es cómplice:
levanta entre sus olas
el ánimo de los pesados
mientras un niño olvida su sombra
entre los laberintos de un caracol.

Cuando nocturna ráfaga de luz
acaricia su piel vidriosa y húmeda
el mar no para y acrecienta
su voluptuosa entrega.

Su grandeza radica en su indiferencia.
Es tierra firme de los fugitivos.

Obsequio

El mejor regalo que recibió el día de su boda fue un juego de cuchillos de hojas de acero de distintos tamaños, perfectamente afilados. De eso se dio cuenta más tarde.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La inundación de Javier Pineda





La salida de los cauces del río Samaria, Grijalva y Usumacinta inundando cientos de poblaciones, entre ella la de mayor concentración, Villahermosa, trajo consigo un impacto psicológico que ni siquiera la vuelta a la normalidad ha podido subsanar.

La desconfianza frente a la naturaleza y frente a las instituciones oficiales sigue siendo la actitud dominante de miles de tabasqueños.

Frente al miedo o al olvido intencionados, dos pintores en Tabasco han abordado en sus cuadros la tragedia vivida entre octubre y noviembre de 2007. En ambos casos, el resultado ha sido testimoniar a través del lenguaje plástico la traumática experiencia.

El arte como una cura, como una sanación de la psique individual y colectiva.

Rogelio Urrusti lo recrea en un tono colectivo, trazando con acuarela la epopeya comunitaria que sigue a la catástrofe.

Javier Pineda, más reflexivo, se ocupa de los desbordamientos sólo que hacia adentro, desde la psique individual, hacia los mecanismos internos que se levantan para hacer frente a la adversidad.

Por esos sus hombres y mujeres desnudos contemplan el cause a lo lejos, pero igual de desprotegidos, frágiles ante lo desproporcionado.

A través del dibujo realista, el pintor originario de Macuspana, contrapone lo bello, siempre en armonía, con lo horrendo, que es amorfo, en una parábola visual: el equilibrio de los cuerpos entre cayucos y costaleras, acaba por perderse.

La vertical es la línea donde reposan las certezas.

No es esta una preocupación casual en Javier. El deterioro que han sufrido las provincias de Tabasco a raíz de la exploración petrolera y el crecimiento de las urbes contra el abandono del campo, le viene de muy lejos: él ha visto cómo su primer mundo ha sido arrasado por esa modernidad falsa.

Muchos de sus óleos recogen esa amenaza que se cierne con colores pastel contra el primer paraíso lleno de dicha y animales.

Pineda es un pintor de la selva, pero no a la manera de los muchos acuarelistas que hay en la entidad, que sólo son paisajistas reproduciendo los atardeceres del campo, los manglares donde por cierto abundan los jaguares, aunque estos literalmente se han retirado.

Con Pineda, la selva de Tabasco, es su selva, llena de animales dichosos, de lagartos que cuelgan de ramas, de garzas que bostezan, de monos que juegan con frutos maduros- nada que ver con las gaviotas disecadas de una docena de paisajistas locales, imitadores del gran acuarelista, Miguel Angel Gómez Ventura.

No obstante, en “Lo peor está por venir”, la alegría de ese Edén cede al gris tirando a negro del futuro. La expresión, por cierto, es la que usó el gobernador Andrés Granier en aquellos días para advertir a los villahermosinos lo que se anunciaba.

Por eso Javier prefiere ahora como dice uno de los títulos de sus pendones de técnicas mixtas “Cerrar los ojos para no ver” la extinción de los animales míticos, del negro que ya no sólo domina los cielos sino también los mares y ríos.

El cuadro “Lluvia ácida” me parece que es la esencia de lo que espera este pintor con una formación académica completa. No es para nada académico, aclaro. Parece más una pintura proveniente de Africa, de ese continente donde dice que empezó todo, la historia humana.

En primer plano aparece lo que puede ser un niño con las cuencas vacías, sin extremidades. ¿Se trata de lo que le espera a los hijos de esta generación cuyo dios fue el progreso? ¿O es el tótem o penate abandonado al final por una familia antigua, tan vieja como el primer hombre, un dios que no sirvió para encontrar más esperanzas?

Del cielo azul no cae más la lluvia ni frutos maduros. Cae la lluvia negra, la lluvia ácida, el agua maldita del progreso. Y sobre su cuerpo, plumas en picada. Plumas que ya no vuelan. Plumas de garzas y gaviotas que ya no están en la tela. Plumas de la muerte. De un ángel desplumado. Y lo peor está por venir... pero ya está aqui y apenas lo vislumbramos como una larga pesadilla.



domingo, 4 de septiembre de 2011

¿Cuál es la historia, Fernando?





No me gusta dar consejos, pero Paulo Estrada, un joven que ganó recientemente un concurso de ensayo convocado por el IECT, me pide que le dé algunos.
Me lo presenta Gamaliel Sánchez, cazador de talentos y a quien encuentro al final de la exposición de libros de artista, de María Nava, que tiene lugar la noche del jueves 1 de septiembre, en la Librería Universitaria de la UJAT.
Gamaliel me entrega el número reciente de la revista Magisterio, dedicada a los "Tiempos violentos", que hojeo con interés mientras los demás platican.
Levanto la mirada de la entrada del primer artículo y me encuentro con los ojos de Paulo, que aguarda.
Lo primero que se me ocurre decir es una tontera: hay que tener por principio buena memoria. Pero le oculto el motivo por el que llegué tarde al evento, dejé las llaves dentro de la camioneta.
No puedo decirle más porque sigo hojeando la revista de Gamaliel, que no sólo edita, reuniendo aquí y allá textos para los números venideros, sino que también la escribe; en esta edición bimensual presenta simultáneamente a dos autores jóvenes, el ardid de pasarse de uno a otro en los párrafos funciona.
Al vuelo le digo a Paulo Estrada que un ensayista tiene por lo regular buen ojo, como el señor que me calibró las llantas para venir de Paraíso hasta Villahermosa. O como Gamaliel Sánchez, que con esta nota calculo que tiene olfato de ensayista para descubrir talentos.
Para confirmar si Paulo está eligiendo bien su camino, le pregunto en qué mes nació. Casi lo adivino, pero no quiero asustarlo. Me dice que en diciembre y antes de saber la fecha precisa, reafirmo: Capricornio. ¿no? El asiente. Va por buena ruta.
Acabo hace un rato de platicar en el mismo lugar con Fernando Nieto Cadena, que está feliz porque sus poemas fueron incluidos en la Antología de la poesía ecuatoriana, editada recientemente por La Cabra.
Se ríe de que esta antología tampoco escapó a la tentación de incluir su poema "bestseller":

entienda bien
comprenda burro
asimile la lección que sus mayores le dejaron
si se quiere escribir no se requiere otro patín
otro arranque
que ser consecuente con la vida nada menos

Fernando ha sido un poeta consecuente con su vida. Es precisamente este apego a sí mismo lo que lo ha llevado a aguantar y sufrir y, sospecho que también, a gozar con la conjura de necios de la que ha sido víctima, aunque él parezca no serlo ni darse cuenta.
Su proclamado antipellicerianismo en estas tierras bajas lo sitúa en el grito que otro exiliado como él, Witold Gombrowicz, lanzaba en la calle cada que se encontraba con el autor de El aleph: "Ey, Borges, acá Gombrowicz".
Nieto Cadena ha aguantado vara, como se dice, y no ha variado un ápice su postura. Gracias a esta intransigencia marcó en los ochenta el camino hacia una poesía no pelliceriana en la entidad.
¿Por qué sigues aquí, Fernando?, pregunto al hombre de las mil batallas, que sobrevive a cada inundación y desastre.
Porque me gusta Tabasco. Si no me gustara ya me habría ido. No soy masoquista.
Y los poetas de Tabasco, ¿qué?
Lo pregunto sin mala leche, como quien trata de entender algo que se escapa.
Me gusta la poesía de José Carlos Becerra, cuando puedo, hablo de ella.. Me gusta cómo escribe Sergio Avalos y ...
(Yo, que aconsejé al joven Paulo que hay que tener buena memoria, acabo de olvidar el tercer nombre mencionado por Fernando.)
Con Nieto Cadena no me extrañan los olvidos. Algunos años coincidíamos de madrugada en la cantina El submarino, él bebía wisqui, yo cerveza. En algún momento la conversación giraba hacia una historia rocambolesca que Nieto contaba del mejor modo que el trago lo permitía, azuzado por mí que no me cansaba de oírlo y de pedirle que la contara de nuevo.
¿Tenía que ver con algún músico popular que él había conocido? En mi pastiza memoria sólo quedan oscuros callejones de Quito, ¿o eran de Guayaquil?
Ahora que lo veo le pregunto de aquella historia pero él tampoco logra saber a cuál de todas las suyas aludo.
Porque Fernando Nieto es hombre de muchas aventuras, como antaño era la vida de los poetas clásicos españoles o portugueses.
Entre los estantes de la Librería Universitaria de la UJAT contemplamos los otros libros y él evoca su amistad con Mario Santiago Papasquiaro, cuando entraban juntos a las librerías y mientras él compraba unos títulos, Papasquiaro se metía otro tanto en la gabardina.
¿Y te compartía algo del botín?, preguntó ingenuo
Claro que sí, como buen ladrón y poeta.
Señalo el libro de artista que hizo María Nava con los versos de Pellicer.
El libro está hecho para atraparte, dice Fernando, a pesar de que no le gusta Pellicer.
Estos no podría llevárselos ni Santiago Papasquiaro, comento con relación al tamaño.
¿Cuál era la historia, Fernando, que yo no la recuerdo?, pregunto para mí insistentemente mientras a mi lado sigue Estrada, joven, estudiante de derecho, villahermosino, que vive por el Periférico y que quiere ser poeta, novelista, dibujante y ensayista.

Una versión editada de este texto fue publicada este domingo 4 de septiembre de 2011, en la sección cultural expresión! del diario Tabasco HOY. Las fotos son cortesía de la artista Lucy Ovilla.


lunes, 29 de agosto de 2011

Las mujeres de Prudencio





La pintura de Prudencio Pérez está traspasada por la luz. No me extraña viniendo de un artista seducido por el movimiento.
Con la paciencia y prudencia de un artesano imprime una trayectoria a sus composiciones a través de contrastes y veladuras.
Sus cuadros que discurren entre lo geométrico y lo figurativo tratan de asir esos momentos remotos, esos instantes donde el tiempo parece dilatarse en un gesto que bien podría significar la añoranza.
Es decir: Lo que pudo haber sido y no fue, como las máscaras que caen a los pies de su modelo semidesnuda en el óleo precisamente llamado Añoranzas.
La realidad siempre evasiva, haciéndose invisible: Prudencio lo sabe, por eso el símbolo de la máscara se hace presente en las Huellas del tiempo.
Si en el óleo “El descansar del tiempo”, el antifaz encarna las angustias del sueño pobladas de cobaltos, en “La escultura” se materializa en la dualidad que encarna el deseo creador.
En muchos cuadros sus seres se niegan a asumir el aquí y el ahora, ajenos a los trabajos de los días, por esta razón los vemos siempre imaginando otros mundos, en un estado de ensoñación. La experiencia de la creación los pone en el camino de la pura dicha: el transcurrir lejano.
Prudencio es de los pocos artistas locales que en sus cuadros deja evidencias contundentes de sus obsesivas reflexiones entorno al acto creador. Uno lo comprende con la serie que dedica a las artes, empezando, por supuesto, con la suya, la pintura: mirada femenina y sensible para dar a luz, luz.
No hay obra surgida de las manos, trátese de la dama que toca el chelo o de las que dan contorno a la boca delicada del jarro, que no exprese fascinación por las líneas, en especial la curva, enmarcada siempre en una vertical que actúa como eje de sus composiciones.
En esto difiere de su compañera de grupo plástico -Círculo 21-, Xóchitl Balcázar, para quien el cuerpo femenino fue una partitura marcada de dolores: Prudencio evita el tormento.
Sus figuras edénicas y alargadas no alcanzan el erotismo, la transgresión y voluptuosidad de las ninfas de Edén García, pues nunca se alejan del jardín de la inocencia.
“La música”, “Las alfareras” y “Las tres edades” logran una madurez esperada para alguien que comenzó hace tiempo en el Taller Independiente José Clemente Orozco, del legendario Jorge del Moral, aunque sospecho que fueron sus conocimientos de agrónomo los que más le sirvieron para descubrir los matices y secretos del arco luminiscente.
Falta ver lo que hará Prudencio cuando domine la figura humana y las proporciones, con ese color que ya es una identidad en su trabajo artístico.

Agradezco a la pintora Sammy Medina Ramírez las observaciones y comentarios hechos a este texto, el cual está en deuda con ella.

miércoles, 24 de agosto de 2011

martes, 23 de agosto de 2011

Pietra

Una piedra es una campana
0 un pedazo de risco
donde las sirenas cantan.

El camino:
música extraña.

viernes, 19 de agosto de 2011

jueves, 18 de agosto de 2011

Humores

El genio de un hombre se comprende mejor por lo que come a su mesa.


martes, 5 de julio de 2011

Eludir el ardid verbal: Ernesto Lumbreras


A 25 años de dedicarse a la poesía, Ernesto Lumbreras sigue mirando de soslayo a las palabras.
Entrevistado con motivo de la publicación de “Caballos en praderas magentas” (Aldus, 2008), volumen que reúne sus hasta ahora cinco libros de poesía, el de Ahualulco de Mercado, Jalisco, admite sin pudor la "brevedad" de su obra lírica.
“Al lado de Francisco Magaña, María Baranda y Jorge Fernández Granados, compañeros de mi generación, he escrito poco; ellos han sido más prolíficos, tienen más constancia poética y son más fértiles”.
A quien fuera el secretario, editor y por supuesto amigo de Elías Nandino, lo ha guiado un escepticismo a prueba de revistas.
“Mi trabajo como crítico literario, pero sobre todo mi escepticismo por la escritura, me ha orillado a escribir y publicar poquitos libros”.
No obstante, bajo el precepto de que “la poesía no es producción”, las aproximadamente 200 páginas publicadas a lo largo de un cuarto de siglo, han sido encaradas todas desde lo que el Premio Nacional de Poesía 1992 llama "una zona de misterio, de tierra ignota, del no saber".
“En mi caso, hay la necesidad de que una vez escrito y publicado un libro, trato de romper en lo posible con el molde, de dejar atrás mañas aprendidas para propiciar nuevos retos; yo necesito siempre de esa tensión, de esa orfandad, de esa contradicción, de la paradoja para no caer de pronto en el ardid verbal”.
Precisamente, tras Caballos en praderas magenta, Lumbreras encaró la escritura con una narración fantástica-histórica en La ciudad imantada: vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2007), que cuenta las aventuras de un grupo de lumbreras -Arreola, Rulfo, Alí, Martínez- que coincidieron en una ciudad -Guadalajara-, en un tiempo determinado -el primer medio siglo del XX-, determinado a fundar una revista imposible.

DUELO VERBAL
El esceptismo poético de Ernesto lo empujó a rescatar unos cuantos poemas de juventud para ser incluidos en la recopilación. De paso, ironizó con la imagen más representativa de la cultura popular mexicana: el charro mexicano, cuya sombra alcanza también a cubrir la figura paterna.
“Aunque el poema (‘Espuela para demorar el viaje’) en sí es una sátira a uno de los lugares comunes de la identidad nacional, esa figura del charro mexicano tiene ese elemento de alegoría, en el mejor de los sentidos, para hacer, sí, una suerte de exorcismo de mi pasado: de mi relación con un padre que encaja en ciertos clichés del mujeriego, del ausente, del que tenía un hijo en un pueblo y otro en otro, con distintas mujeres, por ahí sí hay en la ironía un exorcismo de la figura paterna”.
Sobre el reto de incluir solo algunos poemas de juventud en la recopilación, el autor expresa su simpatía con aquel primerizo.
“Cuando uno empieza a escribir versos, pesa tanto lo que estás leyendo que hay un momento que se confunden vida y literatura. Leído a destiempo, creo que esos poemas son más producto de una experiencia literaria que de una experiencia de vida. No obstante, también, la vida desde la literatura no es más ni menos que la vida que se vive”.
“Caballos en praderas magentas” incluye décimas y endecasílabos, así como también imágenes órficas, que refractan la realidad.
“Es un decir metafórico pero con una mirada lateral, a contra luz, donde ya la transparencia de esas imágenes que se ven en mis primeros poemas, no existe”.

Esta entrevista apareció publicada el 8 de enero de 2008, en la sección cultural expresión, del diario Tabasco HOY.

viernes, 24 de junio de 2011

Los cinesaurios de Villahermosa




Yo nací -¡respetadme!- con el cine.
Rafael Alberti
Convertidos en supermercados, tribunales de justicia y hasta velatorios, los antiguos cines de Villahermosa añoran el resplandor de sus marquesinas, las filas enormes que provocaban sus estrenos y la vocación que ejercieron como entretenimiento familiar.

Dinosaurios de leyenda, sus restos no han podido borrar el mito que construyeron, a pesar de sus descarapeladas paredes o el cascarón vacío de sus salas.

“A los cines de Villahermosa les tocó un apogeo que tiene que ver mucho con la época de oro de las cintas mexicanas; desafortunadamente ahora están en vías de extinción”, reflexiona Daniel Reyes Medina, quien realizó un documental para rescatar ese periodo.

El primer cinesaurio fijo del que se tiene memoria fue El principal, en cuyo sitio había estado antes el Teatro Merino, donde por cierto se proyectaron algunos cortos silentes en diciembre de 1903, a cargo del doctor Enrique Taylor.

No obstante, correspondió al jardín de Juárez, el honor de haber sido el primer lugar donde se efectuaron las primeras exhibiciones cinematográficas con los cortos de los hermanos Louis y Gustave Lumiere, y de la Compañía Pathé.

Lejos estaba sospechar siquiera la desaparición de esos gigantescos espacios dedicados a la fantasía, la aventura y la imaginación, que durante casi una centuria alegraron el corazón de niños, jóvenes y viejos.

"Era una empresa noble y con futuro", cuenta don Alberto Zurita Jiménez, dueño del Cinema Alberto, que estaba ubicado en la avenida Pagés Llergo casi esquina con Adolfo Ruiz Cortines.

La novedad que traía consigo el cine y los pocos espacios dedicados a la diversión familiar en la capital tabasqueña convirtieron estos galerones en lugares imprescindibles para los tabasqueñas, sin importar en un principio que fueran ricos o pobres, pues tanto a El Principal como a El Tropical, llegaban de todas las clases sociales, una vez apagada la luz lo único que importaba era lo que ocurría delante, en la pantalla.

Aún para quienes venían de fuera, de los municipios, se hacía necesaria una parada en estos centros de la diversión para efectivamente asegurar que se había viajado a la capital, pues la gran mayoría no contaban con uno.

Un de esas salas, incluso, cumplió labores sociales y humanitarias: el cine Juárez -ubicado frente al parque del mismo nombre, por el lado de lo que es hoy el estacionamiento de una papelería-, cuyo monto de sus entradas se destinaba a pagar una guardería infantil.

"Eran cines con personalidad, de toda la vida", apunta Antonio Cuesta Fernández, ligado al séptimo arte y a Tabasco desde hace décadas y creador del grupo virtual Críticos aficionados al cine.

El Principal estuvo ubicado frente al Parque Juárez y contaba con tres niveles divididos en palco, luneta y galería. Para ver alguna de sus proyecciones había que pagar en la taquilla 30 centavos.

Cuando el cácaro se equivocaba en algún corte o desenfoque, el público expresaba su enojo pateando el suelo de madera. Parecía que el cine se iba a desplomar porque su construcción era toda de madera, hecho que se debía a la bonanza de la capital tabasqueña en aserraderos.

Motivado quizá por el éxito de El principal apareció el Cineclub, punto donde actualmente está el velatorio del DIF Municipal. De las personas mayores con las que hablé, ninguno logró recordarlo, tal vez por su corta existencia. Pero don Rafael Domínguez en su libro Tierra Mía (Gob. del Estado, 1949), menciona que allí pasaban películas mudas “amenizadas con una orquesta”. Debió haber sido grande, sin duda, para que pudiera alojar una orquesta.

En 1943 abrió el Cine Tropical, perímetro donde actualmente se erige el Tribunal Superior de Justicia del Estado. Como ocurre con las novedades, cuando se abría una nueva sala en la ciudad, los cinéfilos se mudaban de inmediato para allá, olvidando un poco su primer amor. En el Tropical, además, daban los viernes un programa doble.

Las aglomeraciones que se formaban para entrar a la función semejaban un poco las que se armaban a la salida de las Iglesias, después de que los feligreses oían misa y comulgaban.

Incluso, tanto ir a misa como a una función, eran consideradas dentro de las actividades dominicales de los villahermosinos, como lo prueba el cinema Atasta, primer cine ubicado “fuera” de Villahermosa, cuando aún el pueblo no era devorado por la expansión urbana.

Su público estaba constituido por los feligreses que, después de celebrar las fiestas de San Sebastián o de oír misa, se quedaban a ver en familia alguna película. Actualmente en donde antes estaba ese galerón -Méndez, entre Reforma y cerrada de Abasolo- se localiza la taquería ‘El Niño’.
Según testimonio de Sandra Lanestrosa, sobrina del empresario Antonino Lanestrosa Cárdenas, primer dueño de los cinemas Tabasco 1 y 2, la inauguración de estas salas tuvo lugar en 1963 con la película Rey de reyes (1961). Actualmente se encuentra en el área de Castillo y Bastar Zosaya una empresa distribuidora de zapatos por catálogo.
Existieron aproximadamente más de 20 salas en Villahermosa, según se puede comprobar en los diarios de aquella época que anunciaban regularmente la programación.
Lejos estaba el tiempo de su decadencia o transformación en otro negocio que fuera más rentable. El ocaso fue ocasionado por la llegada de las videocaseteras, la crisis económica, los churros de fichares y las cadenas de multicinemas, que significaron el tiro de gracia para la pantalla local.


Paradójicamente algunos extendieron su agonía más tiempo porque metieron en su cartelera filmes pornográficos.

Los Tabasco 1 y Tabasco 2, por ejemplo, proyectaron al final de su existencia invariablemente cine mexicano en una de sus salas, y en la otra, películas para adultos, que fueron las delicias de jóvenes quesos y adultos retraídos.

"A estos cine se metían muchos petroleros recién bajados de los camiones en el boulevard Adolfo Ruiz Cortines, venian de sus campos de trabajo y entraban a las salas para quitarse la insolación, sin importar qué película estuviera. Ojo que ahí pusieron Gritos y susurros, de Bergman, y La ley del deseo, de Almodóvar", recuerda el investigador y académico Rodolfo Uribe.

Unicamente los cines Gemelos I y II, con capacidad de mil 400 y 600 butacas respectivamente, se han negado a bajar para siempre el telón. Ubicados en un extremo del parque de Atasta todavía ofrecen funciones con permanencia voluntaria, pero sólo proyectan cintas pornos. Recientemente en sus salas se celebró con películas a modo una campaña contra la homofobia y la prevención de enfermedades sexuales.

El cinesaurio que mantiene en pie su cascajo como una caravela varada en el tiempo es el Sheba, abierto en la década del setenta. El inmueble tuvo que ser recortado en los años ochenta a causa de la ampliación de la avenida 27 de Febrero, pero todavía se divisa imponente con sus paredes descarapeladas, su taquilla desierta y su marquesina ciega.

Se cierra el telón

Si a los cine populares les fue mal, no podría esperarse mejor suerte para la sala de arte Mario Moreno Cantinflas, una especie de precursor de los Cinépolis VIP. Era de sillones anchos y servían tragos, el cine etuvo ubicado frente a una reparadora de calzado, puntualiza el sociólogo Uribe.

Ni el cambio de nombre que sufrió -Publicinemas- para relanzarlo, lo salvó del polvo. Ahora, entre Méndez y Juan Alvarez, se ubica una casa de materiales de la construcción. La entrada costaba en los años ochenta cuarenta pesos.

Lo mismo pasó con el cine Galán, ubicado en la calle de Madero 910, cerca del mercado Pino Suárez. Allí se proyectó alguna vez ‘El arracadas’, con Vicente Fernández, antes de que cerrara y el solar estuviera abandonado por muchos años hasta que se construyó allí un banco.

Tampoco el cine Suárez 1, en la colonia Mayito, resistió mucho; ni las comedias sexys que pasaban en su sala ancha impidieron su defunción; actualmente funciona en la misma zona la estación de radio La Poderosa.

Don Alberto Zurita Jiménez, propietario del cine del mismo nombre, lamenta que nunca se haya hecho una unión de exhibidores de cine. “Cada quien jalaba por su lado”, dice resignado.

A mitad de los ochentas, cuando el panorama pintaba ya gris para la industria cinematográfica, se abrieron los cinemas Plaza I y II, adelante de Tamulté, donde actualmente se localizan unos cajeros automáticos.

Los cinemas Suárez 2 y 3, establecidos en Antonio Rullán Ferrer, a unos pasos de la zona Cicom, y el Cine Teatro de la Sección 44, asentado en pleno fraccionamiento Heriberto Kehoe, abrieron su taquilla en el año de 1986. 

Actualmente, el del sindicato petrolero es el único de los tres que sigue funcionando como teatro, y eso de vez en cuando.

El último cinesaurio en abrir fue el Tabasco 2000, en el año de 1990, en pleno auge petrolero y expansión de servicios en Villahermosa. Este estaba ubicado dentro de la plaza comercial Galerías Tabasco 2000. Duró ocho años y cerró sus puertas el 11 de junio de 1998.


De acuerdo a don Antonio Cuesta, el cinema Alberto todavía seguía funcionando en 2002, pues recuerda que en septiembre de ese año la cartelera anunciaba Señales (2002). "Probablemente cerró en el invierno de 2003", apunta.

Una ilusión noble

“Nunca pensé que iba a venir una cadena grande como Cinépolis que acabara con la industria en Tabasco”, evoca sobre aquella época don Alberto Zurita Jiménez, dueño del desaparecido cine que llevaba su nombre.

Fue un 23 de febrero de 1983, cuando don Jesús Alberto Zurita inauguró el cine Alberto, nada menos que con la película El bolero de Raquel, interpretada por Mario Moreno "Cantinflas" . El debut tenía un atraso de varios días porque don Alberto recuerda que las autoridades no les habían concedido el permiso a tiempo.

Antes de levantar el Cinema Alberto, su propietario menciona que el terreno era de puros acahuales.

A diferencia de los cinco o seis cines que funcionaban en la capital tabaquera, el Alberto proyectaba puras películas extranjeras, casi siempre taquilleras. Entre las cintas que causaron furor y enormes colas estuvieron Karate Kid (1984) y El Rey León (1994).

La sala abría todos los días y daba dos funciones, siempre con permanencia voluntaria. El domingo, cuando menos con una sola función, se ocupaban todas las butacas.

Pese a la elegancia del sitio decoradas paredes y butacas en un tono púrpura, el Cinema Alberto cerró en el año 1997, fecha que coincide con la llegada de las cadenas nacionales.

El empresario local cuenta que entró a la exhibición de películas gracias a la ayuda de su amigo, don Francisco Sumohano, a quien le llevaba la contabilidad del Cine Tropical.

-¿Cómo se le ocurrió poner un cine?
Yo conocí el negocio que tenía don Paco Sumohano (el Cine Tropical) y vi que era una empresa noble y con futuro. Así me vino la ilusión de tener el mío. Gracias a Dios lo logré, compré primero el terreno que era un cacahual. Cuando lo vio mi padre me dijo que estaba loco. Nunca pensé que iba a venir una cadenita grande como Cinépolis que acabara con la industria locales.

-¿Recuerda cómo fue la inauguración?
Fue con una película de Cantinflas. Entre los años 1997 y 1998 estuvo funcionando en menor escala y finalmente se tuvo que cerrar por incosteable.

-¿Cuántas funciones daban?
A las seis y a las nueve con una película de permanencia voluntaria.

-¿Se llenaba?
Si era buena la película, la gente se quedaba fuera.
-¿Recuerda algún taquillazo?
La del Rey león estuvo un mes y tuvimos un lleno completo. Ahora la gente busca películas de acción, las de amor ya pasaron a la historia.

-¿Era difícil conseguir las copias?
Cuando entraron las cadenas de cines, ellas tenían la preferencia con el distribuidor, además de que manejaban muchas salas y uno nada más una, así que nos daban las películas viejas.

¿Por qué no se aliaron para defenderse?
Cada quien jalaba por su lado.

-Una pregunta más, ¿y todavía va al cine?
Muy poco, no me gustan ver esas pantallitas chiquitas, mejor veo la tele, allí pasan películas nacionales de antaño.


*Agradezco a mi compa Angel Mario de la Cruz las fotos tomadas expresamente para este texto. La primera corresponde al Cine Sheba, en el centro; la segunda a los Gemelos 1 y 2, en Atasta.Y a él precisamente dedico el post.

** La base medular de este texto apareció publicada el 27 de febrero de 2007, en la sección cultural del diario Tabasco HOY. Luego he ido añadiendo datos y cosas hasta ser irremediablemente lo que es: un esbozo o pincelada de esos viejos cines que alimentaron la choya de generaciones de niños que hoy son adultos y ya no van más al cine o van pero de otro modo, no como antes, es decir, van a comer palomitas y totopos como familia o como novios, pero ya no ven la película.

sábado, 28 de mayo de 2011

Rompecabezas Becerra




La memoria del poeta tabaqueño José Carlos Becerra sigue viva en sus amigos del altiplano, que lo conocieron y lo trataron durante la década del sesenta, cuando quería serlo todo: torero, arquitecto, pintor, actor, director de cine, militante político, dandy, pero sobre todo, poeta.

El escritor José de la Colina lo evoca como un pésimo conductor, impericia que compartía con Juan Manuel Torres, amigo con el que compartió en los últimos tiempos el departamento de Guadalquivir 58, en la muy señorial colonia Cuauhtémoc, de la Ciudad de México .

El autor de Perfiles (Universidad Veracruzana, 2006) admite que no incluyó entre sus retratos literarios el del tabasqueño, donde sí vienen los de Salvador Novo, Carlos Pellicer y Alfonso Reyes.

“No me gustó como quedó el que le hice, así que le debo todavía el suyo”, se excusa el cuentista nacido en Santander, España, y exiliado en México.

Más que frecuentar a Becerra Ramos, de la Colina llegó a considerarlo su amigo gracias, al grupo literario reunido en torno a la figura del narrador veracruzano, Juan Vicente Melo, que en aquellos días dirigía la Casa del Lago.

“José Carlos era también muy amigo de Juan Manuel Torres, pero los dos eran muy malos para manejar. Ninguno sabía estacionar bien su auto y a veces me hablaban por teléfono para pedirme que los ayudara a meterlo al garage.

"Creo que José Carlos estaba apenas aprendiendo a manejar en México cuando se fue a Europa”, evoca el integrante de la generación conocida precisamente como Casa del Lago o del Medio Siglo.

El carro que manejaba Becerra era un volkswagen nuevo, de color azul, regalo de su padre, don Carlos Becerra Lacroix, que dueño de una juguetería y papelería establecidas en los portales de la avenida Madero –una calle donde se alojaban los negocios más prósperos de la todavía tranquila ciudad de Villahermosa–, lo había comprado en la única agencia de autos de la capital tabasqueña y, luego, hecho llegar a su vástago al Valle del Anáhuac.

Con un modelo semejante, sólo que de segunda mando y comprado en Alemania, José Carlos perdería la vida en una carretera estatal, cerca de San Vito de los Normandos, el 27 de mayo de 1970.

II. Acelerador a fondo

El ensayista, cuentista, novelista y traductor Sergio Pitol recuerda haberse topado con José Carlos Becerra a finales del año 1969 y principios de 1970, unos meses antes de su muerte, en la ciudad de Dickens -autor que ambos veneraban.

La memoria del Premio Cervantes de Literatura 2007 retrocede al día en que su amigo Carlos Fuentes, quien radicaba en Londres desde hacía ya algún tiempo, lo invitó a cenar, advirtiéndole que a esa velada asistiría también otro comensal, el tabaqueño Becerra.

“Siempre me pareció que cuando llegaba, ya tenía encima otra cita por cumplir; era un joven muy inquieto, quería vivirlo todo, probarlo todo, saberlo todo.

"Me daba la impresión de que tenía prisa por llegar a otra parte, nunca me imaginé que esa cita sería 
en Brindisi”.

Los encuentros se repitieron en varias ocasiones en la misma casa del anfitrión Fuentes antes de que Becerra partiera a su último viaje.

III. Presencia en ausencia

Con menos de la mitad del camino de la vida, Francisco Hernández ya escribía versos y buscaba revistas donde se los publicaran.

Fue así como un día llegó a Peyton Place, el edificio de departamentos de la calle Veracruz, en la colonia Condesa, donde Juan Vicente Melo se había convertido en el punto de referencia de escritores reconocidos lo mismo que de noveles.

"Al subir las escaleras y tocar a la puerta, me abrió el mismo Juan Vicente, preguntándome: ¿no te topaste con José Carlos? Acaba de salir ahorita, me vino a dejar un poema”.

En pocos meses, José Carlos saldría a Europa, entusiasmado por haber ganado en septiembre de ese año vertiginoso (1969) la beca Guggenheim, y con dos libros a cuestas: Oscura palabra (1965) y Relación de los hechos (1969)

El texto en manos de Melo fue compartido inmediatamente con el joven visitante. Aún ahora Francisco Hernández no olvida la intensidad del poema "Batman" leído aquella noche por Juan Vicente.

Hernández se niega a entrar en ese grupo que llama los escritores que vieron por última vez a José Carlos.

“Fue la única posibilidad en que pude haberlo conocido, pero como no subí por el elevador, no se dio el encuentro".

Pero el fantasma de José Carlos, cuya violencia poética se asemeja a la de los textos de Hernández, se le volvería aparecer cuando entrara a trabajar a una agencia de publicidad allá por 1973.

Su jefe lo condujo a la que sería su oficina, abrió la puerta y le mostró un escritorio con una enorme máquina de escribir como una isla solitaria.

"Este es tu escritorio que antes fue de José Carlos Becerra, usarás su máquina de escribir".

José Carlos había entrado a laborar a la agencia de publicidad en 1968, un año antes de ganar la beca, razón por la que dejó también de laborar allí. Hernández encontró sólo la máquina de escribir, en la que teclearía los poemas de Gritar es cosa de mudos (1974).

IV. En busca de lo que no existe

Guillermo Fernández recuerda el viaje que José Carlos Becerra Ramos no pudo hacer.

Lo había conocido gracias a los oficios de otro tabaqueño singular, don Carlos Pellicer Cámara; de hecho, cuando la policía capitalina detuvo a Pellicer y Becerra, en 1965, por andar repartiendo volantes antiyanquis, en Paseo de la Reforma, el que dio aviso del atropello fue el mismísimo Guillermo.

“Nosotros nos tallereábamos los poemas junto con Raúl Garduño, un poeta chiapaneco que murió también joven a causa del dengue; en ese entonces no había talleres literarios en el país, el primero que hubo fue el de Juan José Arreola, donde José Carlos publicaría Oscura palabra.

El traductor al español de autores como Cesare Pavese, Eugenio Montale y Guisseppe Ungaretti rememora: “Lo que me impresionó mucho fue que, sin haber calculado nada, salí de Brindisi hacia Patras, el mismo día en que Becerra cumplía un año de muerto, el día en que salió rumbo a Grecia para no llegar”.

José Carlos vivió aproximadamente seis meses en Londres, desde finales de 1969 y principios de 1970, y se internó en Alemania para recorrer en auto Bilbao, San Sebastián y Nápoles hasta dirigirse a Brindisi, donde tomaría un ferry con destino a Grecia.

“Yo iba a seguir otra ruta que era más cómoda, tomar un tren directo hasta Brindisi, donde no hay nada que ver y cuya única ventaja era que el puerto estaba situado frente a Grecia. Pero decidí hacer el viaje que mi amigo no había hecho y ya de paso investigar en qué punto se había matado”, revive el autor de Exutorio.

“Pasé por supuesto por Nápoles y atravesé la península, haciendo el mismo recorrido de José Carlos, al llegar a Brindisi fui directamente al departamento de tránsito de la policía. Para mí sorpresa uno de los carabineros recordaba el lugar del accidente porque me dijo: era un arquitecto mexicano que estrelló su Volkswagen. De inmediato supo que yo también era mexicano”.

Fernández relata que el carabinero le propuso que si esperaba un poco lo llevaría al sitio exacto del accidente. En esa curva se mira el estrecho de Otranto.

“Yo también he olvidado estas cosas, fueron hace mucho. Pero lo que más recuerdo fue que en la estación de policía pude ver el acta de defunción y me di cuenta que al día siguiente se cumplirían un año de su muerte, Becerra no pudo alcanzar el puerto griego, yo lo hice exactamente un año después en su ausencia”, lamenta el poeta.

El transbordador era uno solo e iba y venía de Brindisi a Patras.

"¿Qué buscaba Becerra en Grecia?"

Guillermo se suspende en el tiempo y como un viejo profeta escupe: “Lo que todos vamos a buscar, algo que ya no existe, la libertad en todos los sentidos: material, espiritual, estético”.